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Los días pasan

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Casi sin darnos cuenta, se van sucediendo los días. A veces con un lento pasar de las horas y otras a una velocidad endiablada. La vida sigue su rumbo como continúa el movimiento de las nubes. Con apariencia distinta, con cambiante tonalidad pero sin detenerse jamás. Cuando hace no tanto abríamos los ojos era aún de noche y las tardes oscurecían temprano acortando los días. Ahora sucede al revés y ese matiz despierta ese reloj interno, ese deseo de vivir que aflora como la primavera. Apenas han trascurrido treinta días y, sin embargo, parecen una vida. Porque durante ellos hemos pasado por todos los ciclos posibles, bien propios o ajenos: el nacimiento, la relación, la reproducción y la muerte. Sobre todo la muerte. Y sin embargo, es cuando más respiramos vida. Cuando más alzamos la mirada al cielo y proclamamos nuestros cantos de esperanza, cuando con más fuerza buscamos la alegría, cuando somos más conscientes de esos pequeños regalos del día a día: abrir los ojos, roz...

Calma y resistencia

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Seguro que más de un@, me incluyo, después del fin de semana cuando sonaba el despertador el lunes recordándonos que tocaba levantarse para ir a trabajar hemos dicho y/o pensado: "con lo agustito que se está en casa". Ahora, estamos en casa . Y nos sentimos prisioneros. Es cierto que no por decisión propia sino gubernamental y no por privación de nuestro derecho fundamental a la libertad sino por responsabilidad , para contribuir a que este maldito coronavirus deje de extenderse destruyendo vidas a su paso,  para facilitar de este modo el trabajo de todos aquellos que para cuidarnos, ya sea personal sanitario, emergencias, fuerzas de seguridad, limpiadores, transportistas, cajeros de supermercado... y un largo etcétera, se exponen a diario en jornadas extenuantes, con escasa seguridad y mucha incertidumbre, enfrentándose cara a cara a la pandemia para salvar a los enfermos, a los vulnerables y protegernos a los que asistimos desde nuestros hogares bien sea por radio, t...

Desde mi ventana

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Sobra decir que me encuentro en casa, como todos los españoles, desde que el sábado, por orden gubernamental, se decretó el confinamiento y limitación de movimientos de las personas por la alarma nacional sanitaria por el COVID-19 (coronavirus). Es mi tercer día en casa, segundo de teletrabajo. Mis hijos han perdido la cuenta directamente. De momento, y al tener 16 y 19 años, lo gestionan con una tranquilidad admirable, ocupados entre las clases virtuales, los juegos online, el contacto telefónico con amigos y parejas, la lectura y el tiempo requerido para sacar a nuestro perro Byron. En nuestra familia sólo mi marido está obligado a salir a trabajar porque su empleo requiere actividad presencial, no esencial, pero dada la flexibilidad gubernamental al respecto,  obligatoria, aún cuando carecen de la equipación de protección personal adecuada para desarrollar su actividad, ni se respeta el horario mínimo que garantice que su exposición no sólo no afecte a su salud, sino a la de...