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Mostrando las entradas etiquetadas como relato corto

Las cosas de Paco y Juana 3: El ascenso

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- Cari, ¿recuerdas que te hablé de Miguel, mi jefe? - Vagamente, Paco - Si hombre. Lo de que últimamente estaba muy simpático conmigo, que me había felicitado varias  veces por mi trabajo... - Vale. El día que terminamos discutiendo porque te dije que te andaras con ojo porque algo buscaba. - Juana, es que eres muy mal pensada. - Paco, mal pensada no, precavida. Después de diez años en la empresa es la primera vez que me cuentas algo bueno de tu trabajo y nada más y nada menos que sobre lo agradable que está tu jefe contigo. - Quizá por fin haya visto que soy eficaz en lo que hago. Igual hasta piensa en darme un ascenso. - Quizá seamos millonarios porque nos ha tocado la lotería aunque no juguemos, Paco. - Juana, ¿no será que tienes algo de envidia? - Acabaramos - Lo de este hombre no es normal. Te lo digo yo. Envidia. ¿De qué?. ¿De tener que estar disponible las veinticuatro horas del día para cualquier cosa que le pidan? ¿De que haga más horas que un reloj? - Paco, tú ...

Mirando al mar

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Siento su aroma cuando aún quedan kilómetros para alcanzar la costa. Es un llenarse de aire impregnado de salitre húmedo y cálido. Cuando comienzo a divisarlo, se dibuja en mi rostro una sonrisa ilusionada e infantil igual pero distinta cada vez. Me lleno de una extraña calma que serena mi espíritu. Ver esa superficie líquida y danzarina desplegando todo un abanico de tonalidades azules me acaricia el alma y cuando por fin me llega su sonido... ¡ay, su sonido!. Ese batir de agua, ese rugido sofocado que llega a la orilla transformado en un sugerente susurro de promesas, roto por el lenguaje de las gaviotas que sobrevuelan su superficie y se posan en la arena. Cautivarse con la pleamar tras ver como donde antes todo eran restos de algas, barro y barcas encalladas incluso algún perro corriendo en libertad se eleva metros sobre el suelo como intentando alcanzar el cielo en un lento correr de horas. Sentir la arena tibia de la tarde en los pies descalzos que dejan huellas que se desha...

Las cosas de Paco y Juana 2: "La barbacoa"

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- A ver, Paco. ¿En qué momento pensaste que era buena idea organizar una barbacoa en casa? - Cari, si es la mar de sencillo. Yo me encargo de todo. - Claro, dejándolo todo manga por hombro, bebiendo cervezas a gogó y que yo ande plato arriba, plato abajo, bebidas... Además. Los chicos no comen esas cosa. Ya sabes que no les gustan. Tendría que hacer algo aparte. - Pues un cacerolo de espaguetties y a correr, Juana. Sin complicaciones. - Como seguro que no los habrán comido en su casa en toda la semana,  vamos y les ponemos más. Para que vean que no sé preparar nada más. - ¿En serio te crees que los chicos sabrían apreciar una comida elaborada? Se pasarían media comida espurgando en el plato para quitar las hierbas aromáticas, el ajo, preguntando a cada rato ¿qué es esto?... Los adultos vienen a pasar un rato divertido, donde podamos dejar a los chicos a su bola y disfrutar. Si quieren un restaurante no van a venir precisamente a casa. - Me estás cansando ya con meter...

La niña que soñaba

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De su cabeza salen infinitos colores en forma de tiras de serpentinas de las que cuelgan sus ilusiones: un unicornio blanco, un jardín de flores, la sonrisa de su madre... o al menos así uno la imaginaría si la observase con su mirada soñadora perdida en el interior de su mente mientras sobre la mano apoya su pequeña cabeza al tiempo que despliega una franca sonrisa que ilumina su cara. El sol que se posa sobre ella a través de la ventana juega a acariciarla con cálida mano y los pájaros que revolotean frente al cristal parecen bailar para ella con alegre trinar. Pero si miras detenidamente, verás que el color de la vida se detiene en la barrera del cristal de su ventana. Dentro, rodeándola amenazantes, sólo puedes distinguir oscuridad plagada de siluetas inquietantes que custodian su espalda. La niña que mira con esperanza en la mirada, puede que imaginando el mañana, no parece darse cuenta tan absorta como está mientras las nubes corren veloces por un perfecto cielo...

Un rayo de luz

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Cuando llevas un largo trecho de camino  recorrido dentro de un bosque donde no existe mayor sendero que el que abren cada uno de tus pasos entre la maleza, todo se ve más tenebroso y oscuro. Las raíces que asoman, se antojan brazos deformados que amenazan con aprisionarte los tobillos, los sonidos del bosque se transforman en amenazas invisibles cuyo origen resulta casi imposible de descifrar y llega el inevitable rasguño, el pie que pierde el equilibrio sobre una roca escondida haciéndonos perder el equilibrio cayendo sobre un terreno húmedo, sucio, hostil. Acuden a nuestros ojos las lágrimas de la impotencia y sentimos que nos abandonan las fuerzas. Miramos a nuestro alrededor en busca de una señal que no llega, intentando encontrar algo, alguien a quien asirnos en nuestra desesperación, un consuelo. ¿En qué momento pensamos que iniciar ese sendero era una valiente proeza? ¿Quién conocerá nuestra aventura si nosotros, el protagonista, somos incapaces de encontrar el camino d...

Los días pasan

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Casi sin darnos cuenta, se van sucediendo los días. A veces con un lento pasar de las horas y otras a una velocidad endiablada. La vida sigue su rumbo como continúa el movimiento de las nubes. Con apariencia distinta, con cambiante tonalidad pero sin detenerse jamás. Cuando hace no tanto abríamos los ojos era aún de noche y las tardes oscurecían temprano acortando los días. Ahora sucede al revés y ese matiz despierta ese reloj interno, ese deseo de vivir que aflora como la primavera. Apenas han trascurrido treinta días y, sin embargo, parecen una vida. Porque durante ellos hemos pasado por todos los ciclos posibles, bien propios o ajenos: el nacimiento, la relación, la reproducción y la muerte. Sobre todo la muerte. Y sin embargo, es cuando más respiramos vida. Cuando más alzamos la mirada al cielo y proclamamos nuestros cantos de esperanza, cuando con más fuerza buscamos la alegría, cuando somos más conscientes de esos pequeños regalos del día a día: abrir los ojos, roz...

Vulnerable

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El viento soplaba con fuerza agitando furiosamente los árboles ululando con un ruido siniestro Aún reinaba la oscuridad pese a los ligeros brotes anaranjados en el horizonte que marcaban el inicio del día pero aquello, lejos de tranquilizarla, aumento su angustia. Ron, ajeno a sus miedos internos, paseaba ligeramente adelantado olisqueando ahora un matojo, ahora unas flores con paso alegre. Esa actitud relajada y confiada era la única garantía real de que los temores que sentía sólo eran sensaciones suyas alejadas de la cotidiana realidad. Emprendió el camino de regreso pero evitó pasar por el interior del parque. Se le antojo amenazante pese a que había transitado en numerosas ocasiones con mucha menos luz por él. Pero hoy no quiso hacerlo. Prefirió la acera iluminada pese a que los árboles que colindaban la zona eran más altos y se movían amenazantes sobre su cabeza. Desterró enseguida de su mente la posibilidad de una rama cayendo sobre ella o sobre Ron. La calle estaba...

Paisajes urbanos

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Si hay un lugar donde la vida nunca se detiene,  pese a presencias y/o ausencias, sin duda es la ciudad. Las mismas calles de siempre pero cada día distintas según incida en ellas una u otra luz. El trasiego del tráfico, el deambular de la gente que asume como un sonido cotidiano la sirena estridente de la ambulancia, sin detenerse a preguntar qué ha pasado. El paso veloz de una patrulla con sus oscilantes luces azules no calla las conversaciones y si capta alguna furtiva mirada enseguida la pierde porque se posa en un escaparate. Se escucha una maldición por tropezar con un adoquín fuera de lugar. Perros que sortean el trasiego de apresurados peatones con la mirada al frente. Personas que se acodan en la barandilla de una terraza, otras que agitan desapasionadas manteles por la ventana. Palomas que hábiles atrapan restos de pan entre las despintadas rayas de un paso de peatones. Neones verdes de farmacias, farolillos rojos que prenden de negocios que regentan ci...

La nieve que yo sueño

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Llega en silencio. Cae sin hacer ruido. Se posa con el sigilo de un felino. A su alrededor sientes que se amortigua el sonido. Todo se envuelve de un halo de irrealidad tranquila donde los minutos quedan suspendidos cuando no detenidos. Nos hace conscientes de una suerte de calma reposada que pone un brillo infantil en nuestra mirada. Sentimos el irresistible impulso de tocarla, de sentir su frágil suavidad blanca que casi instantáneamente se transforma en agua cuando es un copo, o en una bola que entre carcajadas se lanza. Sin importar nuestra edad, durante unos breves instantes retornamos a la infancia. Vemos extenderse en el suelo su capa blanca. Adornar de brillos blancos las ramas. Nuestras huellas mientras caminamos marcadas como si de una playa se tratara. Solo que no hay olas que las borren. Ya lo harán otras pisadas. Cruje silenciosa a nuestro paso, esponjosa, húmeda, hermosa. Cambia nuestro paisaje habitual y lo transforma en una bella postal. A...