13 marzo 2014

A mis amigos les dejan

¿Quién no ha utilizado esta frase ante sus padres cuando tenía la necesidad perentoria de que le dejasen hacer/ver algo que se salía de las rutinas/normas familiares?
¿Cuántas lágrimas no derramábamos cuando pese a esa poderosa y potente razón no nos salíamos con la nuestra?
Ahora, con el paso de los años, he protagonizado esta familiar escena desde el otro lado: yo dando la negación mientras mi hijo esgrimía este argumento peregrino.
Y es en este momento cuando me he reconciliado mentalmente con mis padres y entiendo sus razones, de bastante más peso y sensatas, de lo que hubiera creído.
Es cierto que quizá en ocasiones pecaban de un exceso de celo a la hora de hacer algunas restricciones, especialmente televisivas, que es en las que quiero centrarme en concreto.
Pero también lo es que ahora existe una permisividad perniciosa al respecto.
Tan malo es proteger a nuestros vástagos de las garras del mundo exterior como sobre informarles o, lo que es peor, mostrarles realidades distorsionadas del mismo.
Actualmente, las familias tenemos unos horarios imposibles que dificultan enormemente la conciliación de la vida laboral con la familiar.
Algunos afortunados, arañamos como podemos algo de tiempo para disfrutar de un pequeño momento familiar conjunto, en mi caso la cena, momento del día en que estamos todos, y que de siempre usamos para contarnos un poco como ha ido el día, programar citas médicas o reuniones con los tutores... 
Para mí, que una televisión irrumpiera en este momento único, destruiría por completo cualquier posibilidad de hacer todo ello dentro de un clima armónico o con la atención adecuada.

- Mamá, es que si pusieras una tele en la cocina, no me perdería el final de la serie
- Lo repiten. Si no lo ves hoy ya lo verás otro día
- Pero es que mis amigos tienen una y algunos hasta en su habitación
- ¿La televisión hace la cena o te escucha cuando tienes un problema?
- No...
- Pues eso
Hasta aquí has capeado una de las peticiones habituales cuando tu hijo llega a la preadolescencia. Pero no por mucho tiempo.
Luego viene el horario de acostarse.
Sí, las 9 de la noche es muy temprano. Pero si al día siguiente hay que pegarse el soberano madrugón y quieres disponer de un pequeño momento "en pareja" es la única opción.
Porque además, son mayores para acostarse pronto pero... no se duermen sino acudes a su habitación un rato antes de que se duerman bien para que les llenes el vaso de agua, les arregles la ropa de la cama, o quieran contarte algo que no quieren que nadie más sepa. Así que la opción dejarles un rato más, en mi caso, no es viable.
Otro bache superado. Pero... ay amigo. En clase se cuentan las series que ven... y justo son todas aquellas que por alguna extraña razón todas las cadenas les da por emitir a partir de las 10,30 de la noche, con tal cantidad de anuncios, que cuando terminan suelen ser más cerca de la una de la mañana que las doce de la noche.
Se mal denominan series familiares.
Porque si bien los niños de ahora son muy listos, hasta demasiado, carecen de algunas experiencias que no les van a permitir entender el humor o los conflictos que presentan; porque los niños que salen en las mismas no tienen actitudes propias de un niño real, por no hablar de su vocabulario, ni las relaciones familiares que se presentan son tan sencillas de resolver como se plantean en las ficciones.

- Voy a ser el tonto de la clase. Soy el único que nos las ve
- Si suspendes, aunque las veas, seguirás siendo tonto igualmente
Claro que quiero que mi hijo esté perfectamente integrado. Que sepa cosas. Que disponga de la información necesaria. Pero que sea porque la necesita. No porque crea que la necesita.
Porque le sirva a él. No porque le sirva a los demás.
Y sobre todo, ahora que hay canales donde repiten a horas más diurnas estas series, si considero finalmente que podemos divertirnos todos viéndolo, al mismo tiempo que le explico lo que sea necesario, me parece mucho más razonable.

12 marzo 2014

Añoranzas y pesares (III): "A través del nido de Ghants"

Continuamos los acontecimientos derivados de la llegada de los principales personajes a "La roca del adiós"", buscando un refugio lejos de la tenebrosa alianza del rey Elías con El Rey de la Tormenta.
Josua el Manco ha conseguido guiar a los restos de su pueblo hasta el antiguo refugio sitha, confiando reunir allí el apoyo de todos aquellos que, como él, huyen de un reinado sombrío y caótico que pretende la destrucción absoluta de lo que hasta ahora se conoce como Osten Ard y que, según los designios él está destinado a evitar.
En esta ocasión, Tad Williams desarrolla plenamente todos y cada uno de los personajes que nos ha ido presentando hasta ahora, moviéndolos por todos y cada uno de los fascinantes territorios que componen el reino de Osten Ard.
Pese a su ritmo desigual, uno se deja arrastrar irremediablemente por las vivencias de los distintos personajes en la entrega con más acción de las tres. No en vano, ya sabemos el objetivo del Rey de la Tormenta y quienes son sus aliados por fuerza o convicción y esto choca frontalmente con las perspectivas del resto de pobladores y sus distintas etnias.
Los bandos ya están definidos y es hora de desarrollar las estrategias más adecuadas para garantizar el éxito de los enfrentamientos armados. Cada batalla ganada, es un avance de la luz sobre la oscuridad y un paso más para desentrañar el misterio de las tres espadas.
La magia está también muy presente en este volumen como guía del camino y se plantea un interesante punto de vista de la religión como vehículo de esperanza cuando todo está perdido. 
Una vez más, las distintas tramas se desarrollan de forma paralela para converger en la parte final aportando sentido y fuerza al conjunto.
La unión de las diferencias para la consecución de un bien común y mayor.
Es el libro donde los secundarios cobran mayor protagonismo y gracias a ellos accedemos a los datos que completan las historias y vivencias de los protagonistas.
La antesala del gran final que en breve espero reseñaros.

Calificación: Notable.
Para los amantes de las historias fantásticas a la vieja usanza. Indispensable la lectura de los libros anteriores.
Lo mejor: Los enfrentamientos armados y las estrategias utilizadas; la angustiosa aventura en el Wram; la interpretación de la leyenda de las tres espadas; Las transiciones de historias, mejor trabajadas que en el libro anterior; Raquel el Dragón y la importancia que imagino tomará en el final de la historia.
Lo peor: La poca presencia de Pryrates en este libro;