14 junio 2014

Peroratas de un sábado

La generalización es mala y una práctica extendida. Me incluyo en ellas muy a mí pesar.
De todos es sabido que la envidia, es el deporte nacional español.
Yo además añadiría la crítica.
A ésta, también me sumo.
Está la crítica constructiva, que a mí me gusta, y la destructiva. Pocas veces la utilizo y si alguna vez la he practicado, no ha sido conscientemente.
Soy española, porque aquí nací, porque mi familia tiene sus raíces aquí, porque mi vida está aquí (de momento).
Me siento orgullosa de mi bandera, es una seña de identidad del país al que pertenezco. Y eso, no me convierte en facha.
La gente se compra ropa que lucen las banderas mayormente americanas, inglesas y las lucen alegremente. Las ponen de moda y no pasa nada.
Vístete tú de rojo y amarillo y verás qué pasa.
Nos avergonzamos, lo escondemos y si osamos salirnos de ese ocultismo, somos fachas.
Pues bien, yo no soy ninguna niña bien, ni crecí en ningún barrio "pijo".
Soy católica por convicción, porque me educaron en ello, crecí en ello y creo en ello.
Proclamarlo, es otro de esos "estigmas" sociales imperdonables.
Pero a diferencia de aquellos que me juzgan, yo respeto, considero otras religiones e incluso algunas de ellas, me parecen fascinantes.
Porque sobre el papel, sobre las palabras, todo tiene su razón de ser, su sentido.
Fuera de su contexto, es un arma arrojadiza.
Tampoco soy empresaria, ni tengo un puestazo en ninguna gran empresa.
Crecí en un barrio obrero de la periferia de Madrid, una ciudad que amo a muerte.
Vivo en una casa propiedad del banco en tanto no cancele la hipoteca que hay sobre ella.
He vivido en primera persona lo que es quedarse sin trabajo y ver que en cualquier momento, puedo perder mi casa. 
Hace años que no sé lo que es ir de vacaciones. Mi ropa es la misma desde hace más de veinte años con contadas excepciones que obedecen a cuestiones de necesidad, no de capricho.
Igualmente me sucede con el calzado.
Mi madre vive o malvive, según se mire, de una pensión para dependientes que debe renovar cada año, en la misma cantidad, pese a que sus necesidades sean mayores a medida que pasan los meses.
Todo esto es algo que no debería importarle a nadie mas que a mí pero que hoy, he decidido vomitarlo porque estoy HARTA, de leer gilipolleces y tonterías a cuenta de lo mal que vivimos y que necesitamos cambiar.
¿Esta situación que aquí he contado, que la tienen incluso peor muchas otras familias, va a cambiármela el discurso, que no las acciones, de algún político?
Estoy convencida de que no.
Pero ni los de una corriente, ni los de otra, ni ninguna falsa savia nueva.
Sé en la sociedad en la que vivo.
Tengo la libertad de soltar todo lo que se me ocurre a través de redes sociales, sin miedo a que se presente un policia en la puerta y me detenga por ello.
Como mucho, algún descerebrado puede anularme de sus contactos, retirarme su palabra (qué poco valor tendría entonces), bloquearme o cerrarme el blog.
A día de hoy, y llevo mucho en internet, jamás me ha pasado.
Eso en otros países, sería imposible.
¿Y todavía nos quejamos?
Lo que tenemos que aprender es a ser más humildes, a vivir conforme a nuestra realidad y a qué, para cambiar el mundo, primero tenemos que empezar por cambiar nosotros mismos.
RESPETAR de verdad, la pluralidad, la diferencia.
Cuando le decimos a alguien lo que hace mal, no es un ataque, no le queremos menos.
Le ayudamos. Somos sinceros.
O al menos, eso es lo que yo soy.
Pero está visto que actualmente, para una gran mayoría de personas, la sinceridad, es un grave delito.
Y yo, señorías, me declaro CULPABLE.

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