06 septiembre 2007

Inseguridad



oy me habría encantado comentaros mis últimas lecturas o quizá comentaros que he disfrutado plenamente de las vacaciones sin salir de casa porque he tenido la maravillosa oportunidad de disfrutar de mis hijos. Pero me ha sucedido algo que me ha trastocado y que necesito vomitar en palabras, por lo que he decidido hacerlo aquí, en mi solitario rincón.

A la hora de la comida, me disponía a salir de la oficina hacía un centro comercial que me pilla relativamente cerca del lugar del trabajo. Íba bien de tiempo, contenta, relajada mientras bajaba las escaleras de acceso a la estación de cercanías para tomar el tren que me llevaría y en ese momento salía bastante gente que venía a comer. Lo habitual. De repente en mi campo de visión he visto un chico, de complexión delgada, que venía hacia mí con una sonrisa sucia en la cara e instintivamente me he echado a un lado pero no he podido evitar sentir su puño cerrándose sobre mi estómago hasta hacer que me doblase en dos, mitad de dolor, mitad miedo e incredulidad. Tras esto él ha seguido caminando erguido y se ha dado la vuelta apenas para reirse ante mi miedo. La gente pasaba por mi lado, sin detenerse y mirándome intrigada mientras mi mano continuaba sobre el estómago. He bajado con miedo los ojos temiendo lo peor pero, gracias a Dios, sólo ha sido su sucio puño lo que me ha golpeado. No había sangre. Ese ha sido el mayor miedo que tenía al mirar hacia donde me había golpeado. Alguna persona que conozco que ha recibido una puñalada, me ha dicho que no duele que notas sólo un impacto y después un fuerte escozor pero que no es sino hasta que ves la sangre cuando eres consciente de lo que te ha sucedido. Los ojos se me han llenado de lágrimas mientras continuaba vacilante hacia el vestíbulo de la estación y ya allí dos chicas han sido las únicas que, habiendo visto lo que me había ocurrido, me han preguntado si me encontraba bien y qué había sucedido. Tenía miedo de que aquel desalmado volviera a rematar la faena. Ha salido la taquillera para ofrecerme ayuda, pero la agresión se ha producido en la esquina exterior, justo en el ángulo muerto de visión de la taquilla y no ha presenciado nada. Me pregunta si llama a la policia. Le digo que no, ¿para qué?. En ese momento oigo a una de las chicas que me ha ayudado gritarle al despreciable que me ha agredido y volver a entrar corriendo a la estación. Ese cobarde acaba de arrojarle una piedra y la chica pide a gritos que llamen a la policia. Eran las dos menos cuarto. La gente ha seguido saliendo. Esta vez sin percances, por lo que suponemos el individuo ha desaparecido de la zona. No es del barrio. Me lo confirma una de las chicas y yo lo constato porque tras cuatro años trabajando en la zona, no lo había visto nunca. Pero sé que nunca se me va a olvidar su cara. Ni su sonrisa sádica.

A las dos y cuarto (media hora después), y tras haber puesto sendas reclamaciones exigiendo seguridad, han venido dos vigilantes jurados. La taquillera les informa de lo sucedido, nosotras también se lo contamos. Y entonces la taquillera les dice que cree que es el mismo que la semana pasada, le partió en la cabeza y en la espalda una vara de mimbre a una chica, justo, en el mismo lugar donde me ha dado a mí el puñetazo.

Y por un momento he sentido alivio. Porque hoy sólo haya sido su puño. Pero también indignación, porque a pesar de ello, no han puesto seguridad en la estación, ni a pesar de que amenazó de muerte a la taquillera en aquella ocasión. Y miedo, mucho miedo, porque ahora he comprobado que sin que medie palabra o provocación alguna, cualquiera puede golpearte por el placer de hacerlo y disfrutar del miedo que ese ataque sorpresa se adueña de la víctima.

Como es de suponer, cualquier deseo por desplazarme al centro comercial se había venido abajo. Pero el miedo me impedía también decidirme a salir de nuevo a la calle. Por el mismo sitio por el que él había salido. Los de seguridad nos han acompañado al exterior para verificar que no estaba en los alrededores. Después, he caminado hasta la oficina con temor a encontrarmelo en cualquier rincón.

Perdonadme que llore en este rincón. Pero he de echar fuera el miedo para continuar trabajando. Cuando salga me enfrentaré de nuevo a bajar las escaleras para tomar el tren. Sé que él ya no estará allí. Pero esa inseguridad, el temor sí. Y tendré que hacerles frente.



Escuchando FITO & FITIPALDIS "Medalla de cartón"

1 comentario:

Eiwhan dijo...

este mundo es una mierda y con perdon de la palabra

Gracias a Dios estas bien.