10 abril 2006

La leyenda de Alcestes

Eurípides hizo de esta historia una tragedia griega titulada "Asceltis". Yo me voy a permitir la licencia de transcribiros la leyenda basada en dicha tragedia y con los datos que he recogido a través de Google e inspirados en el reseña que de ella hace Thornton Wilder en "Los Idus de marzo".

Alcestes era una joven griega bellísima hija del rey de Yolco, Pelías y Anaxibia. Debido a ello fue solicitada en matrimonio por multitud de príncipes sin que Pelías, con fama de tirano y cruel, cediera a ninguna de las propuestas hasta el punto que, harto de tantas pretensiones, juró desposar a su hija sólo con aquel pretendiente que consiguiese conducir juntos, bajo el mismo yugo, un león y un jabalí en un mismo carro y dar con él una vuelta completa alrededor de un estadio. Muchos lo intentaron pero ninguno lo consiguió.

Entre tanto, en una pequeña aldea no lejos del mar, vivío un joven llamado Admeto, constituido en rey de la misma. El reino era tan pequeño que sólo llevaba medio día recorrerlo y le permitía saber el nombre de todos y cada uno de sus súbditos, que lo amaban y respetaban por su carácter afable y humildad pese al cargo que ostentaba. Sucedió que un día tormentoso y frío, acudió un mendigo a su puerta, sucio y hambriento a todas luces extranjero y Admeto le ofreció trabajo, hospedaje y alimento. Una vez repuesto, Admeto intento sacarle en vano su nombre y procedencia obteniéndo como única respuesta el ofrecimiento de convertirse en exclavo del rey durante un año. Admeto no requería de este servicio pero viendo que hasta el más pobre de los campesinos tenía mejores condiciones que el extranjero, se compadeció de él y lo tomó a su servicio. Como resultara que el extranjero no era válido para tareas comunes, se le asigno el pastoreo de ovejas y cabras. De este modo, transcurrió el año solicitado sin que salieran más palabras de su boca. Un día que Admeto había salido a recorrer la comarca para supervisar el ganado, se sorprendió escuchando una deliciosa música dulce que parecia provenir del lugar en que trabajaba el extranjero. Cuál no sería la sorpresa del rey al encontrarse en su lugar un joven alto y ricamente vestido cuyo rostro resplandecía como el mismo sol. Portaba sobre los hombros un arco de plata y un carcaj del que sobresalían agudas flechas y en una de sus manos, sostenía una lira de oro. Estupefacto ante esta visión y al preguntar por el extranjero, el joven le contestó:

- Rey Admeto, me recibísteis como mendigo pero transcurrido el año de servidumbre prometido, he de regresar a mi hogar. ¿Existe algo que pueda hacer por vos para agradeceros vuestra caridad?- a lo que Admeto le contestó:

- Por favor, decidme vuestro nombre.

- Apolo. Hace un año Júpiter, mi padre, me desterró a vagar lejos de la mi hogar sólo en la tierra por haber matado a los Cíclopes que dieron muerte a mi hijo, durante un año hasta que aprendiera a tener humildad. Vos no sólo me habéis ofrecido compasión sino vestidos, alimento y cuidados de un padre hacia un hijo. Estoy en deuda con vos. ¿Qué os puedo ofrecer, majestad?.

-Tengo todo cuanto pueda desear.

- En tal caso, mi deuda quedará pendiente. Si alguna vez necesitáis algo, sólo llámadme y acudiré presto a devolveros el favor.- Y tras estas palabras y bajo una luz brillante, Apolo desapareció.

Paso el tiempo y llegaron a oídos de Admeto los comentarios de la belleza de la hija de Pelías y los infructuosos intentos de los nobles griegos por conseguir su mano ante la desproporcionada exigencia del rey de Yolco y Admeto dirigió sus pasos hasta allí con el convencimiento de poder lograr la hazaña. No en vano había participado junto a Hércules en la expedición de Hason y los Argonautas donde se realizó la cacería del jabalí de Calidón. Pero cuanto más pensaba en ello más difícil se le presentaba la misión por lo que recordando las palabras de Apolo lo nombró y solicitó su ayuda para realizar la petición de Pelías y poder casarse con la bella Alcestes. Apolo dio caza a un león y Admeto al jabalí y entonces en el camino apareció un carro de oro dispuesto para ser tirado por ambas bestias. Montados en él llegaron a Yolco donde, ante la sorpresa general, dieron la vuelta al estadio reclamando Admeto la mano de Asceltes.

Muy a su pesar, entregó Pelías la mano de su hija pues, aun que se habían cumplido sus exigencias, según las moiras, Admeto estaba predestinado a morir joven. Pero Apolo, como regalo de bodas pacta con las moiras que le permitan vivir más a cambio de que alguién este dispuesto a morir en su lugar llegado el momento. Y como quiera que el destino está escrito, Admeto y Asceltes no hicieron durante sus esponsales el sacrificio en honor a la diosa Artemisa por lo que esta, enojada, lleno de serpientes el lecho nupcial. A raíz de las picaduras, Admeto cae enfermo y al recordar el acuerdo de Apolo con las moiras, acuden a solicitar la ayuda de los padres de Admeto, ya mayores que sin embargo se niegan a sacrificarse por su hijo, quien los repudia. Acuden a los hermanos y hermanas de Admeto que tampoco están dispuestos a dar su vida por él. Incluso los amigos que le debían la vida, rehusan ayudarle en este trance. Image hosting by PhotobucketAlcestes, angustiada ante la próxima muerte de Admeto, hace venir a Apolo y se ofrece a morir por él. Tumbada sobre el lecho, y vestida para la ocasión, cierra los ojos para dejarse atrapar por la muerte. Cuando sus doncellas acuden, Alcestes yace muerta al tiempo que Admeto recobra instantáneamente toda su vitalidad. Intenta desconsolado insuflar vida a su esposa pero todo en vano por lo que se aferra a su fría mano y se niega a abandonarla. No siente deseos de seguir vivo pues su vida se ha ido con ella. En todo el reino se llora la muerte de la joven Asceltes. El trágico acontecimiento llega a oídos de Hércules, quien se encuentra de paso por Feras, y en honor a los tiempos de gloria compartidos con Admeto, desciende a los infiernos y regresa de la mano con Alcestes (esta es la versión final de Eurípides).

Otra variante a este final es que tras las horas oscuras en que Admeto sostiene la mano de la ya fallecida Asceltes cuando el sol comienza a levantarse por el este, nota calor en la misma y ve arrebolarse las mejillas pálidas de Alcestes para instantes después, ver abrirse sus ojos.

- ¿Cómo has regresado? - Pregunta un incrédulo y feliz Admeto conocedor de la ausencia de piedad de Hades, el señor de los muertos.

- Fue Perséfone, a cuyo cuidado me puso Hades quién, admirada por mi voluntario sacrificio, me devolvió a la luz hasta el fín de mis días.



Escuchando MAROON FIVE "She will be loved"